IGLESIA EVANGÉLICA LUTERANA ARGENTINA

 

 

Ley y Evangelio en las confesiones Luteranas

 

Los Artículos de Esmalcalda,  tercera parte, artículo II, describen la esencia y propósito de la ley en estas palabras: "La función principal o virtud de la ley es revelar el pecado original con los frutos y todo lo demás y mostrar al hombre cuán profundamente ha caído y  cuanto está corrompida su naturaleza. Porque la ley debe decir que no tiene a Dios ni lo venera, o que adora a dioses extraños, lo cual antes y sin ley no habrían creído. Con ello el hombre se estanca, es humillado, se siente fracasado, desesperado; quisiera ser socorrido y no sabe donde refugiarse; comienza a ser enemigo de Dios y a murmurar, etc." (Art. Esm. III, punto 4) Ese es el poder y la eficacia de la ley, señalar el pecado y la profunda corrupción de la naturaleza humana, y por medio de esto echar al hombre en el terror y la desesperación e intensificar la resistencia y la enemistad hasta lo último. Y esto es el oficio principal, el oficio esencial, de la ley, el propósito de la ley que Dios ha fijado.

 

En la Fórmula de Concordia, Declaración Sólida, Artículo V, son citadas dos expresiones de Lutero: "Todo cuanto sirve para reprobar el pecado es ley y pertenece a la ley, cuyo oficio peculiar consiste en reprobar el pecado y hacer que los hombres reconozcan sus pecados." "Es predicación de la ley todo lo que nos instruye acerca de nuestros pecados y la ira de Dios, no Importa como y cuando se haga." (Libro de Concordia, páginas 605 y 606). De acuerdo a esto podemos aplicar al efecto de la ley el término contrición, como lo hace la Apología en el artículo XII, "El arrepentimiento." Como se explica allí, el arrepentimiento comprende dos partes, o sea, la contrición y la fe (Libro de Concordia, página 167). Y estas dos están en la misma relación la una con la otra como la ley y el evangelio. Lo que la ley obra en el pecador es la contrición. Pero tal contrición no es otra cosa que "terror de conciencia" "absoluta ira y desesperación". La ley da vida al pecado y la transgresión en la conciencia del pecador y por tanto llena su corazón con angustia, temor, ira, los terrores del infierno. Hasta allí la ley lleva al hombre — hasta el infierno.

El evangelio, por otra parte, es lo opuesto de la ley. Mientras la ley exige del hombre lo que él debe hacer, el evangelio contiene promesas. Prometer, dar, conferir, ésa es su peculiaridad como hemos notado arriba. Sin embargo, también esta definición es demasiado general, del mismo modo como no basta sencillamente definir la ley como una exigencia. Uno tiene que agregar inmediatamente el beneficio específico que se da mediante el evangelio. La ley trata del pecador, hace al hombre un pecador y transgresor y pronuncia sobre él la ira. El evangelio promete y da al pecador, cuya conciencia está cargada con pecado y ira, lo que más necesita, o sea, el perdón de los pecados y la salvación. Así hablan las Escrituras del evangelio en todas partes. Es el evangelio de Cristo, el Salvador de pecadores, de Aquel que murió por nuestros pecados. (1 Corintios 15:1,3.) Este evangelio es el poder de Dios para salvación, "En el evangelio la justicia de Dios se revela" (Romanos 1:16-17). De lo que es el evangelio, Lutero y la Fórmula de la Concordia dicen, "la predicación del evangelio consiste sólo en demostrarnos y concedernos la gracia y el perdón en Cristo" (FC, DS, art V, párr. 12).

De acuerdo con esto el efecto del evangelio, según lo expresa la apología en varios lugares, consiste en que, "levanta, sustenta y vivifica los contritos" (Apología, art XII punto 36). Sin embargo, si un pobre pecador se consuela con la promesa misericordiosa de Dios, ¿qué otra cosa es esto que la fe? El evangelio, que consiste en promesa, exige la fe. Un regalo tiene que ser aceptado. El evangelio es el poder de Dios para salvación "para todo aquel que cree" (Romanos 1:16). Pero al exigir, al insistir en la fe, dando al pecador la promesa "aquí tienes en Cristo el perdón de los pecados, la vida y la salvación; es tuyo," el evangelio obra la fe y pone este tesoro en el corazón. En el artículo XII la Apología explica en detalle que la fe viene por el oír, por la promesa de la gracia divina, por el evangelio.

En el artículo II de la Declaración Sólida de la Fórmula de Concordia la conversión se describe de la siguiente manera: "Por estos medios, a saber, por la predicación y el oír de la palabra, obra Dios en el hombre, quebranta su corazón y lo atrae a sí mismo, de manera que mediante la predicación de la Ley viene el hombre al conocimiento de sus pecados y la ira de Dios, y experimenta en su corazón verdadero terror, contrición y pesar, y mediante la predicación y consideración del santo Evangelio que habla del misericordioso perdón de los pecados en Cristo, se enciende en él una chispa de fe, con la cual acepta el perdón de los pecados por causa de Cristo y se consuela a sí mismo en la promesa del Evangelio; y de este modo se envía al corazón del hombre el Espíritu Santo que obra todo esto." (FC, DS, 11, 54) Sin embargo, en donde está la fe en el corazón. allí también hay nueva vida y luz. Por tanto la regeneración, la vida espiritual, es el efecto del evangelio. San Pedro recuerda a los cristianos que son renacidos "por la palabra de Dios que vive y permanece para siempre," y agrega "esta es la palabra que por el evangelio os ha sido anunciada".  San Pablo alaba al evangelio como el ministerio del Espíritu que vivifica (2 Corintios 3:4-11). Este es la tarea establecida por Dios y la función específica de la predicación del evangelio. Así la ley lleva al infierno, el  Evangelio otra vez saca al pecador del infierno y lo transfiere en el cielo.

El contraste es ciertamente marcado. La Ley y el Evangelio según sus efectos son tan ajenos uno del otro como el infierno del cielo, la condenación de la salvación. Nada está más lejos de la verdad que presentar la ley como una introducción al Evangelio, el efecto de la Ley como el principio de la reforma que es perfeccionada en la fe. La ley es ciertamente llamada, y verdaderamente es, "nuestro ayo, para llevarnos a Cristo", Gálatas 3:24. Pero eso no quiere decir que la ley lleva al corazón del hombre a cierta disposición moral en que es receptiva para la fe y la salvación en Cristo. Al contrario, el apóstol indica el propósito de Dios, quien primero encierra a todos bajo pecado (Gálatas 3:22), para que en una manera totalmente diferente, directamente opuesta a la ley, o sea, por la promesa y la fe, pueda llevar a la salvación. San Pablo no tiene otra cosa en mente de lo que se afirma en la siguiente palabra de la Apología: "La obra propia de Dios es vivificar y consolar. Pero, se dice, si aterroriza, es para dar lugar al consuelo y a la vivificación porque los corazones seguros de sí mismos y que no experimentan la ira de Dios sienten repugnancia a la consolación." (Apología, Artículo XII, 51) Primero el pecado, después la gracia. Primero la muerte, luego la vida. Primero el terror, luego la consolación. El camino al cielo pasa por el infierno. Solamente en este sentido nos lleva la ley a Cristo. La ley solamente obra la ira. Pero, por supuesto, es el propósito de Dios, cuando ha llenado al hombre de terror y temor mediante la ley, después consolarlo con el evangelio y dar a los pecadores condenados la salvación por medio del evangelio. Al administrar la ley y el evangelio, Dios por su parte tiene en vista solamente un propósito: la salvación de la humanidad.

 

 

 

¿Cómo actúan la ley y el Evangelio en la conversión?

 

Se tiene que tener en mente la diferencia entre la ley y el evangelio, especialmente el efecto de estas dos palabras distintas, particularmente en la doctrina de la conversión del pecador a Dios. Se distorsiona el camino de la salvación si se pasa por alto esa diferencia, si se confunden la ley y el evangelio.

 

En el artículo XII de la Apología, "el arrepentimiento," leemos: "cuando Pablo describe la conversión o renovación, casi siempre menciona estas dos partes: la mortificación y la vivificación." Apología, Artículo XII, párrafo 46. En el texto alemán habla de las dos partes: "que somos muertos al pecado, que sucede por medio de la contrición y sus terrores; y que debemos resucitar con Cristo, lo cual sucede cuando por la fe una vez más obtenemos consolación y vida." Y otra vez: "estas dos partes siempre deben existir en el arrepentimiento: contrición y fe." (Apología, Artículo XII, 57).

En los Artículos de Esmalcalda, artículo III, punto 3 "sobre el arrepentimiento," Lutero dice: "esto es el rayo de Dios con el cual destruye en conjunto tanto a los pecadores manifiestos como a los falsos santos; a nadie deja ser justo, les infunde a todos el horror y la desesperación. Es el martillo (como dice Jeremías): Mi palabra es como martillo que quebranta la piedra (Jeremías 23:29). Esto es una contrición con sincero dolor del corazón, el sufrimiento y sentir la muerte.
"Y es así como comienza el verdadero arrepentimiento, debiendo el hombre escuchar la siguiente sentencia: Vosotros todos nada valéis; vosotros ya seáis pecadores manifiestos o santos, debéis llegar a ser otros, de lo que sois ahora, de manera distinta que ahora. Quienes y cuan grandes seáis, sabios, poderosos, y santos, y todo cuanto queráis, aquí no hay nadie justo, etc.

En la Fórmula de Concordia, en la Declaración Sólida, Artículo II "El libre albedrio," la conversión se describe como sigue: "Por lo tanto, Dios, por su inefable bondad y misericordia, ha permitido que se predique públicamente su santa y eterna Ley y su hermoso plan respecto a nuestra redención, es decir, el santo y único Evangelio salvador de su Hijo eterno, nuestro único Salvador y Redentor Jesucristo; y por medio de esta predicación congrega para sí de entre la raza humana una iglesia eterna y obra en el corazón del hombre el verdadero arrepentimiento y el conocimiento del pecado y la verdadera fe en el Hijo de Dios, Jesucristo" (FC, DS, 11, 50)

Es cierto que el consuelo en la gracia de Dios y la fe no encuentra lugar en ninguna otra parte que en el corazón quebrantado y contrito. El consuelo echa raíz solamente en un corazón aterrorizado. Los que están enfermos tienen necesidad de un médico, no los que están sanos. Uno tiene que estar muerto para poder ser vivificado. Y éste es el oficio y efecto de la ley, que señala la enfermedad del pecado, que mata, que llena con terror, y que causa la ira. Así la contrición, obrada por la ley, es necesaria para el arrepentimiento y la conversión. En otras palabras, la contrición es una parte esencial del arrepentimiento, del proceso de la conversión. Así testifica la Apología, artículo XII: "Y ya que la fe debe traer consuelo y paz en la conciencia... sigue que antes había en la conciencia terror y ansiedad." "Pero, se dice, si aterroriza, es para dar lugar al consuelo y a la vivificación." (Apología XII, 46) Y la Fórmula de Concordia., artículo 5, dice: "Pues el evangelio promulga el perdón de los pecados, no al corazón que se halla en la seguridad carnal, sino al perturbado y penitente." (FC, DS, V, 9) En este sentido el llamamiento al arrepentimiento que fue proclamado por Juan, como Lutero lo señaló, dejó al corazón "preparado para el Señor a recibir la gracia." (Art. de Esm., III, III, 5)

 

 

 

El efecto de la Ley y el Evangelio sobre los regenerados.

 

Todo lo que la Escritura dice en general acerca del oficio de la Ley, la manera en que la misma señala, reprende y hasta multiplica el pecado; y del Evangelio, cómo es poder de Dios para salvación, cómo consuela el corazón herido del pecador, cómo vivifica y renueva el corazón del que ha pecado; todo lo que la Escritura dice del oficio respectivo de la Ley y del Evangelio queda en vigor también en este punto. La doctrina y la predicación de la ley tanto como del evangelio tiene su significado también para los regenerados mientras vivan sobre esta tierra.

En la Fórmula de la Concordia, Artículo VI, "Las buenas obras" en esta breve oración: "Por lo tanto, cuantas veces tropiecen los creyentes tantas veces son reprobados por el Espíritu Santo por medio de la ley, y por el mismo Espíritu son edificados y consolados otra vez mediante la predicación del evangelio." (FC DS, VI, 14)

El cristiano ya nunca hace nada verdaderamente bueno siendo "afligido por la ley", sino solamente " por el Evangelio". La buena conducta de los cristianos se manifiesta en su negación de la impiedad y las lascivias mundanas. Pero nunca somos llevados a negar las lascivias carnales, el odio, la ira, el celo, la falta de castidad, la avaricia, la codicia, por las exigencias rígidas de la ley, tales como: "no matarás, no cometerás adulterio, no hurtaras." El odio del corazón al pecado de parte del cristiano, su apartarse interno del pecado, es actuado por y producido solamente por el amor de Dios revelado en el Evangelio. Le ama a Aquél que lo ha amado primero, y por amor a Dios odia toda clase de impiedad. El que el cristiano se aparte y evite el pecado y realmente venza el mal, eso se hace solamente en el poder del Espíritu Santo, quien es dado por la predicación del Evangelio.

 

 

 

 

  Nuestra Fe / Credos / Confesiones Luteranas / Doctrina Cristiana/ librería cristiana / Reforma